22 ene. 2016

Un mes después

¿Cuántas cosas pueden pasar en un mes? Lo sé, muchísimas. Durante los últimos 31 días tuvimos una navidad, un cambio de año, más de una adición a la ya numerosa familia, cirugías, visitas, exámenes, alegrías y tristezas. Para muchos nada fuera de lo normal. Sin embargo, para mi y para mi familia ha sido un mes muy diferente a cualquier otro que hayamos tenido en nuestra vida. El primer mes sin Chichi Ali o abuelita Chichí como mi hermana y yo la bautizamos hace algunos años. 

El recuento de los daños es diferente para todos, sin duda alguna. Claro que la vida de todos ha continuado, todos tenemos responsabilidades y cosas que hacer todos los días, pero al mismo tiempo ya nada es igual. Nunca volverá a ser igual. 

Y no digo esto con el afán de convertirlo en un concepto mórbido y triste, todo lo contrario. Perdimos una de las partes más importantes de nuestra familia y de cada uno de nosotros individualmente. Es muy difícil procesar que durante toda tu vida siempre tuviste una cara familiar y una conversación que superó las barreras de la amabilidad y la sabiduría, pero que de un día para otro, alguien decidió que ya no las tendrías más, que fue suficiente. Ya no volverás a verla, a escucharla, a tenerla contigo, no sé si exista algo más difícil que eso.

Esa dificultad no es ninguna coincidencia, como seres humanos somos seres acostumbrados al apego, a necesitar un cuerpo que nos recuerde que tenemos a alguien con nosotros y ¿cómo no hacerlo? Si estamos hablando de alguien que estuvo creando, educando, unificando y amando un grupo de personas unidos terrenalmente por un apellido pero esencialmente por su respeto, su amor y sus buenos consejos. 

Pero eso no significa, ni por un momento, que no se encuentra con nosotros. Si, es un hecho innegable que ya no la vemos sentada en la mesa, ni la tendremos presente en la próxima reunión familiar, ni que mis hijos o los de mi hermana vayan a crecer recibiendo el afecto que nosotras siempre recibimos de ella. Pero lo que también es un hecho, es que los 27 años que yo la tuve, los 59 que la tuvo mi papá y los poquitos que la tuvieron los más pequeñitos, fueron un gran regalo; un regalo de amor, de respeto y de enseñanzas; Y hasta dónde yo sé, un regalo no se puede devolver, una vez que lo tienes ya es tuyo y siempre recordarás quién te lo dio. Y esa es la verdadera trascendencia y es verdadero legado que hoy tenemos. 

Decidí esperar un mes para expresar esto, porque no sabía cómo sería mi vida sin la posibilidad de abrazarla y de saberla en mi casa o en casa de tía Miriam o de tía Ligia. Pero he encontrado muy reconfortante escuchar historias de ella por parte de mis abuelitos, alguna travesura que mi papá recuerda haberle hecho o alguna carcajada que le sacó a mi mamá. 

Después de un mes, puedo asegurar que su ausencia física, poco a poco, llenará nuestro corazón con todo lo que ya no necesitamos que nos recuerde, porque ya es parte de quienes somos. Ella ya hizo su parte, el resto es responsabilidad nuestra.





No la perdimos hace un mes, no la perderemos hoy y mucho menos mañana.

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